The breakfast club

TheBreakfastClubTengo el día adolescente. Como cuando entrabas en la pizzería donde el que te gustaba estaba matando el tiempo y tenías que leer la carta sin que se notara que sabías que te estaba mirando. Siempre jugué con la ventaja de ser extremadamente miope. Perfeccioné la técnica del ceño fruncido en plan interesante hasta convertirlo en un arte. O eso pensaba yo, que a los catorce años es casi lo mismo. Hoy estoy así. Sin saber cómo escribir sin que se note que sé que me están leyendo. Mi pasado me acecha…

Estudiar una carrera larga en una universidad pequeña deja huella. Sobretodo si te conviertes en un estudiante mediocre de los que viven abonados a las academias, las bibliotecas y las colas eternas en la fotocopiadora. Los malos estudiantes somos un club selecto que aprende a funcionar en condiciones de convivencia extrema. Los buenos estudiantes se ven de jornada lectiva en jornada lectiva y se despiden con grandes abrazos cada junio hasta el curso siguiente. Qué hará está gente en verano no me lo explico. Aburrirse supongo.

Los malos estudiantes en cambio, estamos condenados a entendernos a base de encontrarnos sin remedio en convocatorias sucesivas de la misma asignatura y pasar horas sin fin en academias de mala muerte y bibliotecas de las que no cierran ni en Nochebuena. Agosto es el mes de los malos estudiantes por excelencia. En Madrid sólo quedábamos nosotros y el retén de emergencia que nos prestaba los servicios mínimos: La biblioteca, el bar de enfrente y el workcenter.

Íbamos a la biblioteca los siete días de la semana. Por principio. En teoría desde por la mañana y en la práctica desde después de la siesta. El ritual era de una rigidez espartana. El primero que llegara cogía sitio para los demás plantando los mismos apuntes sin usar en sitios estratégicamente localizados para tener en el campo de visión a los que considerábamos los especímenes más interesante de la biblioteca. El gordo con narcolepsia, el del tic que necesitaba igualarse, el del chándal infame y un largo etcétera. Luego se salía al descansillo hasta que llegara el resto.

Cuando ya estábamos todos nos íbamos a por el café al bar de enfrente. De postre un par de cañas y si el día venía feo un gintonic. Acto seguido volvíamos a personarnos en las instalaciones para fumarnos un paquete de últimos cigarros en cadena. Esto nos podía llevar entre dos y tres horas y solía unirse con el piscolabis de media tarde. De vuelta al bar a comentar la jugada de las últimas horas. Que si el del chándal le había tirado los tejos a la de los pantalones de campana. Que si la del jersey rojo parece otra desde que le han quitado los brackets…

Llegamos a hacernos tan fuertes en el descansillo que como MacGyver tuvimos que valernos de lo poco que teníamos a mano para pasar la tarde sin tener que estudiar. Nuestro plan era perfecto. Valiéndonos de uno de los primeros móviles en manos de nuestra generación nos hicimos con el número de la cabina de la biblioteca. Con el número a buen recaudo en la memoria para veinte registros del Sonny Ericson con tapa de mi amiga la de Ibiza, nos situábamos estratégicamente por el descansillo para no levantar sospechas. Dos hacían que hablaban, otros dos que estaban intercambiando apuntes y el otro fumaba con la vista perdida.

Luego esperábamos a que alguna víctima propicia pasara por delante de la cabina de camino al baño. En el momento justo, ni un paso antes ni uno después, la hacíamos sonar para sorpresa y desconcierto del pobre incauto. Unos contestaban. Otros miraban con recelo y seguían hacia al baño. Otros pasaban de largo y luego volvían. Nosotros aprovechábamos para colgar en cuanto descolgaban y volver a llamar en cuanto volvían a salir del baño. Vaya gracia pensarán ustedes. No se hacen una idea.

Otro día les contaré la historia de cuando nos dejaron encerrados dentro de la biblioteca y tuvimos que huir por la capilla sorteando a las cámaras de seguridad para luego, con las mismas, volver a entrar.

En fin señores, va por ustedes. ¡Qué viva Septiembre!

19 respuestas a “The breakfast club

  1. Tú mediocre??? Ni de coña!
    Lo que pasa que eras muy juerguista y lo mejor de la Universidad nunca serán las clases o las tutorías, lo mejor de la Uni son todos esos recuerdos: los muses, los cafetitos, las champanadas, etc.
    Ainsss! Me has puesto nostálgica!!!
    Besucos

  2. Bueno deduzco que este post es porque te han descubierto lo de tu uni no?? jiji. Pues señora yo tb soy alumna de septiembre, aunque he de decir que no te imaginaba a tí en una de esas… y que quieres te que diga siempre tendremos más historias que contar que los que se despedían en junio. Eso si yo el verano lo tenía q pasar en casa y claro la biblio no era tan divertida como la de la uni, ni estaba ya en el piso con las compis, es decir hubiera preferido apaorbar en junio…

  3. Mira tú, yo siempre me preguntaba que harían en las bibliotecas, para pasar tantas horas en ellas y luego suspender.
    Yo es que era una de las empollonas que aprobaba en Junio, y además estudiaba en casa, porque en la biblioteca tenía que pasarme el doble de tiempo para aprenderme lo mismo, así que no me compensaba.
    Y lo que hacíamos todo el verano los empollones repelentes… pues el resto no lo sé, pero yo me lo pasaba borracha en la playa, ligando con madrileños, o de viaje con mis amigas. No tendré tantas historias chulas de biblioteca, pero tengo unas geniales de empalmar borrachera con borrachera, de lunes a domingo, que no se quedan muy atrás :)
    Me encanta tu blog!
    Silvia.

    ________
    http://catuxa20.wordpress.com

      1. Al final de Agosto y principios de Septiembre, cuando todos se ponían (os poníais) a estudiar otra vez (o al menos volvían a las bibliotecas a pasar el día) sí es cierto que me aburría bastante… Pero fíjate tú que yo siempre he sido de aburrirme mejor en la playa leyendo un libro que en la biblioteca haciendo como que estudio… Una, que es rara :)

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