Ajuste de cuentas

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Sólo podía pasarme a mí.

Mejor dicho, sólo podía pasarnos a ti y a mí. Nadie como tú y yo para encontrarnos un jueves cualquiera, sentados en un coche aparcado en la puerta de un Vips, saldando una deuda de hace veinte años.

“Lo intenté, me rindo” parecías decir entonces cuando te fuiste sin decir nada. Veinte años llevo custodiando este legado que nunca fue del todo mío.

Soy un tipo solitario, me dices ahora casi convencido, no valgo para ataduras ni compromisos. Lo mío es estar solo aunque sea acompañado, insistes más para convencerte tú que para convencerme a mí.

Yo te escucho y me río. Siempre nos hemos reído mucho, siempre, hasta cuando no teníamos de qué. Y te escucho, como siempre, sin creerme nada.

Yo te miro y no veo ese tío desengañado que me quieres vender. Yo te miro y recuerdo como fuimos y lo que fuimos, hace mucho tiempo.

Claro que tú tenías tus fantasmas, y yo tenía los míos. Tú estabas harto de ser joven y yo estaba deseando serlo. Pero aún y así fuimos -tú y yo- sin decirlo nunca en voz alta, mucho más de lo que nunca quisimos reconocer.

Hoy he venido a devolverte la parte de ti que me dejaste en prenda. Hoy vas a decirme lo que siempre he sabido, que me quisiste y que te hice daño.  Pero no fue así.

No es que yo te traicionara, es que tú no tuviste los huevos de perdonarme.

Yo lo sé, tú lo sabes y lo demás es miedo.

Ahora haz el favor de ir a buscar una tía estupenda que sepa hacerte feliz.

Y cuando la encuentres, atrévete a quererla, coño.

Una princesa en Berlín

640px-KZ_Sachsenhausen_-_neutrale_ZoneLo que más me chocó cuando empecé a intimar con alemanes, en este caso con el padre tigre y los seis maromos de casi dos metros con los que compartía zulo en Oxford, fue que nunca -y cuando digo nunca es nunca jamás never, sin importar la cantidad de litros de alcohol que corrieran por sus venas- daban muestra alguna de orgullo patrio.

Nunca hacían alusión a su nacionalidad, ni a su país como tal, ni nada que pudiera interpretarse como una interjección ligeramente patriótica. Mientras, los españoles, los italianos y los franceses paseábamos nuestras borracheras proclamando nuestro orgullo patrio a voz en grito sin pudor.

Yo, ni corta ni perezosa, les pregunté el porqué de aquella timidez suprema. Ellos me miraban de hito en hito como si acabara de despertarme de medio siglo de crionización, sin acertar a comprender de qué guindo se había caído esta insensata que se atrevía a hablar en alto de orgullo nacional alemán, el Voldermort de la Europa contemporánea. Aquella noche aprendí muchas cosas.

Teniendo en cuenta que los de mi generación crecimos cantando “Franco, Franco, que tiene el culo blanco porque su mujer lo lava con Ariel” en el patio del colegio, es comprensible que aquel decoro histórico me sonara a chino filipino. No me daba yo cuenta entonces del pesadísimo bagaje que arrastra todavía la tercera generación de Alemanes desde la segunda guerra mundial. Allí estaba sin ir más lejos, uno de los nietos del General von Rundstedt.

Los alemanes no han querido olvidar ni ocultar su terrible herencia. Los alemanes decidieron construir el futuro mirando al frente, con determinación y empeño, pero con la cabeza siempre un poco gacha y el gesto ligeramente mustio en señal de respeto y duelo.

Recientemente Molinos, la reseñadora oficial de la blogosfera, me recomendó Una princesa en Berlín, una novela de ficción que está muy bien para hacerse una idea de lo que era el Berlín entre guerras de los años veinte y treinta. Una de las cosas que más me ha interesado de este retrato ameno del Berlín de la época desde las más altas esferas hasta los bajos fondos, ha sido encontrarme con apellidos conocidos y constatar el sitio en la historia que tuvieron los antepasados de amigos y conocidos marcados desde su nacimiento con el peso de legados familiares que reabren algunas heridas que nunca acabarán de cicatrizar.

Como les decía, los alemanes no son de negar ni huir de las verdades. Cuando se les pregunta suelen contestar siempre con ademán prudente y respuestas directas sin hacer amago de adornar o maquillar ni siquiera la más terrible de las verdades. Cualidad ésta de la que me he aprovechado vilmente para preguntar a diestro y siniestro para saciar mi sed de chascarrillo histórico. Así he ido confeccionando mi propio almanaque con historias que harían las delicias del mismísimo Spielberg.

Uno de los episodios más fascinantes con los que me he encontrado es la de la familia de una buena amiga. La primera vez que me la contó estaba también La Jefa (de la que por cierto ya hablaremos largo y tendido porque va camino de convertirse en la sucesora de El Pequeño Nicolás), se pueden imaginar nuestra cara cuando empezó su historia así: ” En mi familia eran nazis. No unos nazis cualquiera, eran nazis de los malos, de los peores.”

Su abuela era la hija pequeña de una familia de nazis acaudalados. Tenían un hotel y un café muy frecuentado por la cúpula Nazi en general y por Oskar Schindler (el de la lista) en particular, al que su abuela recordaba como un señor muy borde, lo que concuerda con la imagen que dan de él sus biógrafos. Por lo visto no era en absoluto el prototipo de héroe que cabría imaginar, lo que no quita para que fuera la persona que más vidas judías salvó a título personal. Como suele ser habitual, las apariencias engañan.

La abuela, que por aquel entonces era una adolescente de buen ver, tenía un tórrido romance con uno de los oficiales Nazis más tristemente célebres. Uno de los que abogaron por La solución final en la conferencia de Wannsee y luego fueron juzgados y ejecutados por crímenes contra la humanidad. Uno de esos nombres que no puedes decir en alto sin que se te pongan los pelos como escarpias.

Cuando el fin de la guerra era ya inminente y el avance de los rusos un hecho, la familia al completo no vio otra salida que quitarse la vida. La abuela, que acababa de descubrir que estaba embarazada, se escondió en un piano de cola y consiguió huir a Alemania del Oeste donde con dieciséis años se encontró sola, la única superviviente de su familia y embarazada del hijo de uno de los nazis más infames.

Como no podía darle a su hijo su apellido ni por supuesto el de su padre, se inventó un apellido sin memoria y empezó una nueva vida desde cero.

Quiso el destino que acabara casándose con un checo que había perdido un brazo en un campo de concentración y que acabó ejerciendo de padre del hijo bastardo de un Nazi de alto rango. Este señor al que también tuve la suerte de conocer, contaba cosas tan espeluznantes como que era mentira que la comunidad internacional no supiera lo que estaba pasando en Alemania con los judíos. Por lo visto, durante las olimpiadas de Berlín, muy cerca de las instalaciones olímpicas, había un campo de concentración a la vista de toda la prensa internacional que fue a Berlín a cubrir los juegos.

Precisamente durante los juegos este campo de concentración que estaba ni más ni menos que en el aeropuerto a la vista de propios y ajenos, fue desmantelado y los prisioneros fueron trasladados a otro campo de concentración de estreno a sólo 25 kilómetros de Berlín.  Este nuevo recinto  llamado Sachsenhausen tenía la particularidad de que junto a la valla que lo delimitaba había una franja de tierra. Cualquiera que pusiera la punta del pie en aquella franja era abatido a tiros sin mediar palabra. Según él que lo vivió en propias carnes esto no era ningún secreto.

No es fácil encontrar el equilibrio entre el pasado, el presente y el futuro, sólo se puede admitir lo pasado, aprender de los errores y calamidades y cruzar los dedos muy fuerte por un futuro mejor.

* Foto cortesía de Kondephy

Qué le pido a un cuento

Foto 1Antes de proceder a la lectura del presente post me gustaría que leyeran ustedes este otro que escribí hace dos años porque, si bien es cierto que ahora nuestras noches se han convertido en el mejor momento del día cuando todas nos sentamos en el salón y leemos libros y cuentos de toda índole y condición, durante años -y no precisamente pocos- este placer nos ha sido vedado.

Para todas aquellas madres, padres o personas de uso de corriente que estén pasando por la árida travesía del silabeo trastabillado, mis más sinceras condolencias. Sé por lo que estáis pasando y sólo puedo deciros que al final de este túnel también hay luz, no desfallezcáis.

No puedo explicarles la emoción con la que he recibido la recién estrenada avidez lectora de mis tigresas. Exaltación que a puntito ha estado de llevar a la quiebra la precaria economía familiar. Cada primero de mes me impongo un embargo literario y,en un alarde de contrición, prometo con la boca muy pequeña y los extractos de nuestra cuenta en la mano, no comprar más libros. Hoy, a diez de marzo, puedo constatar y constato que ya he comprado trece, amén de apuntar otros treinta a mi wish-list. Es la ruina pero ¿y lo bien leídas que van a estar mis niñas, qué?

Como no todo iban a ser glorias, ando frustradísima buscando cuentos que me gusten en español. No traducidos al español sino escritos en español, no puede ser tan difícil. O no debería ser tan difícil, pero no hay forma.

No pido tanto, lo que busco es un cuento. Sin más.

Foto 4No necesito un tratado de física cuántica, ni una recopilación de los grandes pensadores griegos. No, yo lo que quiero es un cuento, de los de leer por las noches para que se vayan a la cama sin rechistar.

Lo que venía siendo, por lo menos en mi más tierna infancia, un cuento, sin más pretensiones. Con muchos dibujos y poca letra. Las rimas son bienvenidas pero no imprescindibles.

Que quieren ustedes llamarlo álbum ilustrado. De acuerdo, acepto barco. Pero poquito más.

Me he tomado la molestia de revisar la biblioteca de cabo a rabo y sacar los cuentos que más nos gustan. Ni uno solo es de un autor español, se pueden imaginar lo que esto supone para mi orgullo patrio. Tiene que haberlos, lo sé, lo presiento, pero no acabo de dar con el elegido.

No necesito que las tigresas sean unas eruditas después de leerlo ni que resuelva todos y cada uno de sus traumas infantiles. No es necesario que les introduzca el postmodernismo pictórico ni las corrientes existencialistas. No, con que sea entretenido, accesible y correcto me basta.

Puede parecer sencillo pero, por alguna razón que no acierto a comprender, no lo es. Verán, mis hijas son percentil cincuenta para casi todo, ni altas ni bajas, ni gordas ni flacas, ni eminencias ni zotes. Son normales. Y lo digo henchida de orgullo materno, no me malinterpreten.

Como a casi todas las niñas del montón les gustan los cuentos con tramas adecuadas para su edad e intelecto en desarrollo. Historias que tratan de temas tan complejos como perder un juguete, enfadarse con algún amigo, vivir una aventura o cometer alguna fechoría sin casi alevosía. Que los personajes sean personas, animales o cosas les es indiferente aunque los protagonistas peludos y las princesas muy rosas tienen siempre más probabilidad de éxito.

En cuanto a los dibujos, nos gusta que sean reconocibles pecando quizá de infravalorar el cubismo como movimiento pedagógico infantil. Es decir, a nosotras cuando el ratón parece en efecto un ratón y no un boceto picassiano de una bestia mitológica como que nos relaja.

Otra cosa que le pido a un cuento es que esté bien escrito. Y con esto no me refiero a un alarde de sinónimos imposibles ni a la subordinación infinita de sujetos y predicados. No es necesario que aprendan todos y cada uno de los sinónimos del verbo preguntar en treinta y dos páginas. Después de tanto inquirió, interrogó o interpeló, yo con un simple dijo me conformo.

Y por último, los cuentos están destinados para ser leídos en voz alta y tienen que tener un tono, el suyo propio -personal e intransferible- que les da el ritmo y la cadencia con la que deben ser leídos e interpretados sin necesidad de que el lector haya estado nominado a un Oscar previamente.

Para que me entiendan les he hecho una recopilación de algunos de nuestros cuentos de cabecera. Me ha costado muchísimo reducirlo a cinco pero he dejado que se batan en duelo y estos han sido los vencedores.

      1. Un Libro de Hervé Tullet (Editorial Kókinos)
        No falla, cada noche, cuando les digo a La Tercera y La Cuarta que elijan un cuento, La Cuarta sale corriendo al grito de “El del puntoooooo”. Este cuento es genial, diferente y muy original. La mejor crítica que he leído sobre él es: “An interactive book that gives the iPad a licking”. Y es así, nadie diría que un punto amarillo puede ser tan emocionante.
      2. No es una caja de Antoinette Portis (Editorial Kalandraka)
        Este es otro de esos cuentos que de puro simple es estupendo. Además, la edición en cartón de caja es una monada, ideal para un regalo original. Tanto éste como el anterior son ideales si queréis empezar a leerles a vuestros hijos en inglés.
      3. La visita de Oso de Bonny Becker (Editorial Miau)
        Si el de Hervé Tullet es el preferido de La Cuarta éste es el preferido de La Tercera. Y no me extraña, este cuento tiene todo lo que tiene que tener un cuento, es tierno con su puntito picantón, los personajes tienen mucha personalidad sin apenas descripción y la trama es divertida y fácil de seguir. Una delicia. En inglés es perfecto, en español pierde un poco pero aún y así merece la pena.
      4. El Arbol Generoso de Shel Silverstein (Editorial Lectorum)
        Para los que se queden con ganas de un poco de moralina este cuento es maravilloso. Es mi preferido y confieso que a veces lo leo en alto cuando estoy sola. Tiene un tono muy característico, se lee como en un susurro. Es simplemente precioso sin caer en lo cursi. Nosotras lo tenemos en inglés, hay una edición es español pero no lo he leído.
      5. Philipok de Leo Tolstoi (Edición en francés de Broché)
        Por último, por si alguien no quiere dejar de utilizar la hora del cuento para culturizar a su progenie este cuento de Leo Tolstoi con unas ilustraciones increíbles del ilustrador ruso Spirin es una joya. Y demuestra lo que les decía, que una historia sencilla con un lenguaje sobrio es siempre caballo ganador. Se puede encontrar en alemán e inglés pero espero que alguna editorial nacional se anime, es una pena que los niños españoles se lo pierdan.

Aprovecho también para agradecer sus recomendaciones a todas las almas cándidas que acudieron a socorrerme en Twitter. Ninguna ha caído en saco roto y voy avanzando lenta pero segura con cada una de ellas. Estoy convencida de que el cuento perfecto está a la vuelta de la esquina.

La inmaculada concepción

Foto-1-compressorNo es ningún secreto que soy capaz de llevar cualquier actividad a los extremos más insondables de la compulsión enfermiza.

Yo no puedo limitarme a comer con mesura como esa gente ejemplar que siempre se deja el último bocado en el plato. No, yo repito aunque no me quede hueco en el estómago ni para una triste flatulencia, rebaño con pan y luego miro con ojos deseosos las sobras de las niñas. No vaya a ser que mañana mismo empiece una hambruna y me pille con las reservas de triglicéridos bajo mínimos.

Se pueden imaginar entonces que en cuanto a libros se refiere me las gasto también con mucho más desvarío que cordura. Una es así, para lo bueno y, sobre todo, para lo malo.

El orden de mi biblioteca dice mucho más de mis trastornos de personalidad que cualquier análisis de mi caligrafía de alumno de primaria.

Verán, yo no ordeno los libros por orden alfabético, ni por temática, ni por época, ni siquiera por idiomas. No, yo ordeno los libros atendiendo única y exclusivamente a la teoría evolutiva de Darwin. Mi biblioteca es un escenario dramático de la más encarnizada lucha por la supervivencia del rival más fuerte.

Sólo aquellos que consigan formar parte de los cuerpos de élite alojados en las estanterías más altas conseguirán sobrevivir a las batallas campales del papel impreso contra el afán destructivo de las tigresas.

En la última balda, al alcance de las babas corrosivas de La Quinta, hacen guardia temerosos todos los ejemplares tullidos que no me han gustado lo suficiente como para sobrevivir a otra generación de lectores. Estos libros tienen los días contados, las páginas a medio arrancar y sirven el único propósito de familiarizar a La Quinta con el noble arte de pasar páginas.

Los libros de la segunda y la tercera balda están a la merced de La Tercera y La Cuarta. Lo mismo hacen bulto en una maleta de veterinario que sirven de cuaderno de garabatear en prácticas. La muerte de éstos volúmenes que no me han hecho ni fu ni fa suele ser más lenta pero raro es el que sale ileso del envite.

A partir de la cuarta balda los libros viven en relativa paz haciendo ocasionalmente de atrezo en las escuelas o las consultas pediátricas improvisadas de las mayores. El mayor peligro es que acaben olvidados en algún rincón de su leonera pero no suelen sufrir mutilaciones ni maltrato excesivo. Son libros que me gustaron sin llegarme tampoco a encantar.

La última balda es un remanso de paz, un retiro dorado reservado única y exclusivamente a los grandes libros. Esos que me han cambiado un poco la vida y cuya memoria resiste al paso del tiempo y de las modas. Son los intocables sujetos sólo a la amenaza de contrincantes más jóvenes.

Foto-2-compressorRecientemente he tenido que añadir una nueva y flamante balda a mi biblioteca. Es una balda de honor reservada a aquellos libros en los que he cambiado alguna coma. Libros que he visto crecer desde que no eran más que una idea sin pulir hasta el día en que se graduaron con sus primeras galeradas. Libros que son casi familia.

Desde hace una semana un único ejemplar se pavonea flamante en esa balda puturrú de foie. No podía ser otro que El Paciente Impaciente de nuestra querida Boticaria García.

Cuando el verano pasado me envió un borrador de las primeras páginas, antes de darle mi opinión le pregunté “¿Cómo lo quieres?”. Ella, haciendo honor a su arrojo manchego me contestó “Calentito”.

Sin más me encomendé a su cristo de las tres caídas y, con un sentido “Va por ti hermosa”, saqué el machete y me despaché sin misericordia. No porque no estuviera bien, sino porque ya voy conociendo a esta Boticaria en la que concurren tres virtudes que rara vez se ven juntas: talento, tesón y sentido práctico.

A Marián le gusta hacer las cosas bien y no le duelen prendas en sumarle a sus ya de por sí maratonianas jornadas de farmacéutica, bloguera, madre, esposa y amiga full-time, el oficio nocturno de escritora atormentada. Marián no es de cubrir el expediente, ella es la empollona repelente que siempre va a por nota.

Cuando meses después me envió el libro entero, lejos de alegrarme, me entró un canguelo supremo. Y si no me gusta ¿qué? Me preguntaba yo azorada mientras evaluaba mis posibles escapatorias ante tamaño marrón. Muchas cosas me daban miedo de este libro al que ahora acuno como al más pródigo de todos los hijos.

De que el libro iba a estar bien escrito no me cabía duda. Eso ya lo sabemos todos los que seguimos a la boticaria desde que se convirtió en la madre del Gremlin. Pero una cosa es redactar con tino y gracejo, y otra muy distinta escribir un libro.

Mi primer desvelo era que no fuera divertido. Nadie duda del humor certero y descarado con el que nos ameniza las tardes en Twitter pero 339 páginas de risas son muchas hasta para el más avezado de los monologuistas del club de la comedia.

Me preocupaba también que fuera un libro corporativo, un libro sólo apto para farmacéuticos y otros profesionales del gremio. El equivalente boticario del chiste de integrales de los ingenieros.

Por si fuera poco también me inquietaba que fuera circunstancial, un libro que sólo se explicara en el contexto actual de la blogosfera maternal y sanitaria. Un libro, independientemente del momento en el que esté escrito o de la época en la que se sitúe la narrativa, tiene que poder ser leído y comprendido en cualquier momento por casi cualquier persona.

Pero lo que de verdad me quitaba el sueño es que no fuera un libro. No todo lo que está encuadernado entre dos tapas merece este calificativo. Un blog no deja de ser un mejunje más o menos conexo de textos independientes que no tienen por qué leerse en orden o de corrido. Un libro es otra cosa, tiene que tener un ritmo, una inercia y una cohesión que lo justifiquen.

Entenderán ahora que cogiera el manuscrito con más aprensión que ganas pero, a medida que iba pasando páginas, todas y cada uno de mis miedos se fueron disipando.

Yo no soy de risa fácil, la última vez que me reí en alto con un libro fue con Irse A Madrid de Manuel Jabois en 2012. Y me reí, no una sino muchas veces. A rabiar.

Además, es un libro no sólo apto para todos los públicos independientemente de su sexo, edad o condición sino que es materialmente imposible no verse retratado en alguna tipología de paciente. Me atrevería a decir que cada uno de nosotros arrastra taras de por los menos cuatro o cinco pacientes.

Un mérito nada baladí de El Paciente Impaciente es que ha conseguido sobrevivir a la fama cibernética de su autora, cualquiera puede cogerlo en un librería sin tener ni pajolera idea de quién es la señorita esbelta de la bata y los tacones y disfrutarlo de lo lindo.

Pero por encima de todo, lo que más admiro de este libro es que ha traspasado la barrera del estereotipo y el chascarrillo fácil para traernos un retrato entrañable y divertido de una botica de barrio con sus pacientes habituales, su buena ración de pacientes surrealistas y una rebotica más animada que una caseta de feria.

Este libro fue concebido hace ya muchos meses por obra y gracia de un whatsapp y varias copas, y yo no puedo más que agradecerle a nuestra boticaria que me haya dejado echarle el aliento en el pescuezo todos este tiempo. Lo he disfrutado de lo lindo.

Y ahora, sin más, les dejo el enalce para que no se me despiten: El Paciente Impaciente

Dos gallinas y un destino

IMG_5717-compressorEl zorro se ha comido mis gallinas.

No, no es una cita de un cuento de Perrault, ni una metáfora, ni un recurso pseudoliterario para dármelas de intelectual.

No, es una terrible y cruda realidad: el zorro se ha comido a mis gallinas.

Con esta frase que nunca pensé pronunciar, verbalizo al fin la tragedia que aconteció hace escasamente una semana en casa tigre cuando el zorro o, mejor dicho, la zorra que vive detrás del establo de las ovejas, se comió a las dos gallinas lustrosas que con tanto mimo y esmero habían criado las tigresas.

Curiosamente, la que más ha aprendido con la moraleja de esta fábula en la que se ha convertido nuestra vida desde que abrazamos la vida rural, he sido yo.

IMG_5615IMG_5654-compressorNo puedo explicarles en cuantos trozos se me rompió el corazón aquel fatídico domingo cuando el padre tigre nos confirmó lo que ya nos temíamos tras encontrar La Primera el gallinero lleno de plumas y sin gallinas.

Si hay algo que no se merecían mis niñas, por muchos quebraderos de cabeza que me den, es que nadie se comiera sus gallinas. Ya me van ustedes conociendo y saben que no me caracterizo por idealizar a mi prole, nadie estaba más sorprendida que yo con el tesón y la constancia que las tigresas habían demostrado con sus gallinas.

Ni un día habían faltado a su cita puntal para darles de comer, de beber y sacarlas a pasear. Ni un mísero día se les había olvidado volverlas a guardar en el gallinero antes del atardecer para evitar precisamente que se las comiera el zorro. Ni. Un. Día. Desde Agosto, que ya es decir.

Lo que no habíamos calculado es que con tanta nieve el zorro estaba más canino que nunca y dispuesto a jugarse el pellejo asaltando el gallinero a plena luz del día.

Un drama rural para el que no pudimos buscar culpables. La vida misma enseñándole los colmillos a mis tigresas sin contemplaciones. No nos quedó más que aceptar la realidad sin edulcorar: El zorro se había comido a Charlie y a Berta. No era culpa nadie. Ni siquiera del zorro.

Y no, Charlie y Berta no iban a volver, ni se habían ido de viaje a una confortable residencia de pollos célebres, ni íbamos a salir corriendo a comprar una camada de pollitos teñidos de rosa que nos quitaran el disgusto, ni nos íbamos a cargar a la zorra que sólo está cogiendo fuerzas para poder criar en primavera.

Resulta que la vida es así hijas de mis amores, así de imprevisible y así de cruda. Hay veces que por mucho que quieras y cuides a alguien, por mucho que hagas todo lo que tienes que hacer y cumplas religiosamente con todos y cada uno de tus deberes y obligaciones, por muchos planes que hagas y deseos que tengas, hay veces que la vida viene así. Porque sí.

Pero tan cierto como que la vida es así, también es cierto que, por muy trágico que haya sido el final de tus gallinas, hay una cosa que ni el zorro ni la vida te pueden quitar, lo vivido.

No ha habido gallinas más celebradas que Charlie y Berta. Y no hay mejor consuelo que saberlo.

Como cuando Charlie nos confirmó que en efecto era un gallo y no una gallina con un amago de cacareo que me hizo entender por fin porqué a lo de los adolescentes con espinillas se le llama gallito y el porqué de la existencia del oficio de sexador de pollos.

Con mucha práctica aquel plañir quejicoso se convirtió por fin en un cacareo en toda y regla y con él Charlie creció en estatura y pose, y se afianzó como el gallo de nuestro escueto corral. Aunque todavía no atinaba con el timing de su reloj biológico y cacareaba siempre a deshoras en las situaciones más insólitas.

Pero lo mejor de Charlie, lo que echo de menos cada día desde que ya no está, es que todas las mañanas sin falta, cuando las niñas salían de casa para ir al colegio, las despedía a pleno pulmón. Charlie era un gallo de categoría y todo un caballero.

Entre tanto, mientras Charlie se pasaba el día pavoneándose y atusándose la cresta, Berta se nos puso hermosísima y lucía un trasero de plumas esponjosas que ya quisieran muchas mesas camillas.

En su tierna adolescencia, como cualquier teenager que se precie, estuvieron a punto de hacernos morir de estrés. El día que no se lanzaban a la carretera entre los camiones, se perdían por el bosque, o se iban de juerga al gallinero de los vecinos. Gracias al cielo la madurez les hizo perder el gusto por las actividades de riesgo y todos pudimos volver a respirar tranquilos.

IMG_5636-compressorCharlie y Berta eran una pareja a la antigua usanza, siempre juntos, cada uno a lo suyo sin perderse nunca de vista por el rabillo del ojo. Les gustaba pasear por el jardín, cotillear en todas las puertas y supervisar los ires y venires del jardín.

Allá por noviembre Charlie y Berta consumaron su matrimonio, lo que fue causa de mucho alborozo entre las niñas que tuvieron a bien narrarme con pelos y señales como nuestras otrora inocentes gallinas se habían revolcado debajo de un pino.

Empezó entonces una época de aquí te pillo aquí te mato en la que Charlie se dedicaba a profanar mis cafés bucólicos mirando al infinito montando a Berta sin ningún tipo de pudor ni decoro.

Empezamos a ver entonces que pronto habría que buscarle más concubinas a Charlie a riesgo de que nos dejara exhausta a la pobre Berta que todavía parecía disfrutar de aquellos encontronazos carnales.

Avanzaba el invierno y Berta, cada día más oronda y lozana, decidió por fin poner su primer huevo. Y no puso uno, no, puso cuatro. Nuestra Berta era así, no les gustaban las medias tintas. Aquella fue la tortilla más gloriosa de la historia en casa tigre y me vi en la obligación de sacar al padre tigre de una reunión para contárselo.

Por desgracia, el destino quiso que Berta sólo llegara a poner diez huevos, morenitos todos ellos. El último se lo comió el padre tigre hace dos días con un regusto a homenaje póstumo.

En primavera volveremos a tener gallinas. Las niñas ya están afanadas con los planes de reforma del gallinero para mejorar la seguridad y comodidad de nuestras futuras gallinas. Lo cierto es que no puedo esperar a volver a tener el jardín lleno de gallinas contestonas.

Charlie y Berta, os echamos de menos, D.E.P.