Desahuciados

Desde hace un par de días el aluvión de opiniones enconadas que están levantando los desahucios invade mis silencios con la escoba. Como tan bien describe mi Manuel Jabois –cualquier día me tatúo una de sus columnas en el bíceps- de repente parece que la retransmisión en directo de los dramas humanos de los desahuciados han colmado el vaso de la ya escueta paciencia nacional. Ayer me remangué la bata de guatiné y me dispuse a formarme una opinión al respecto de la única forma que conozco: leyendo de todo y de todos, contrastando datos y buscando informes y estadísticas.

Partamos de la base de que el desahucio es un instrumento legítimo y necesario para luchar contra el impago continuado de la cuota ya sea de alquiler o de la hipoteca de una vivienda. De no existir esta posibilidad nadie pondría su casa en alquiler ante el riesgo más que probable de acabar pagándole los gastos de comunidad de gratis al inquilino. Recordemos que no todos los caseros son multimillonarios sin conciencia social. Muchos, la mayoría me atrevería a decir, no podrían permitirse pagar los gastos sin cobrar el alquiler. Nadie vendería tampoco su casa si pensara que no iba a cobrar el precio pactado.

Nos exponemos también a que los bancos corten del todo el crédito hipotecario. Esto supondría el hundimiento definitivo del mercado inmobiliario y el desplome final de los precios de la vivienda. De la de todos. Lo cual no haría sino agudizar el problema y acabar con las ya de por sí escasas posibilidades que uno tiene de vender su casa si no puede seguir pagándola o si ha encontrado un buen trabajo en otra ciudad y pretende agarrarse a tan rara oportunidad con uñas y dientes.

El primer problema que plantean los desahucios es la gestión o mejor dicho, la no gestión, de los mismos que se está haciendo. Ante un inminente desahucio debería desplegarse un mecanismo de asistencia social, humanitaria y psicológica que garantizase una ejecución humana y segura de los mismos. El Estado, en forma de asistentes sociales y otro personal pertinente, debería apoyar y acompañar en el proceso a estas familias y reubicarlas en una vivienda social hasta que puedan recomponer su vida de manera digna. La notificación de desahucio debería venir de la mano de personal capacitado para transmitir la funesta noticia con compasión. Personal capacitado para orientar y acompañar a las familias evitando que se llegue a las situaciones extremas que por desgracia se están produciendo.

El Estado tiene una obligación de tutela para con los desahuciados máxime cuando en muchos casos ha habido un fallo manifiesto de las autoridades en su deber de protección y supervisión. El Estado, con su laxitud en la aplicación de la ley hipotecaria y en la supervisión los criterios peregrinos con los que la banca se ha dedicado a repartir hipotecas en los últimos años, se ha convertido en responsable por lo menos parcial de muchos de estos desahucios al no haber protegido a los ciudadanos de contratos abusivos que han abocado a tantas familias a la quiebra. No sólo se ha hecho la vista gorda a la concesión indiscriminada de créditos impagables sino que se ha propiciado con políticas que han fomentado el afán por hipotecarse de los españoles. Esta liviandad en la aplicación de ciertas leyes no se corresponde además con la aplicación severa de la actual ley de desahucios que parece ser comparativamente mucho más dura que la de nuestros vecinos a este y al otro lado del charco.

También es lógico pensar que, puesto que todos tenemos que acudir al rescate de la banca cuyo brete se han ganado a pulso de mala praxis, éstos asuman parte del desaguisado. No estaría de más constituir una de esas comisiones que tanto gustan a nuestros políticos para evaluar ciertos créditos irregulares y negociar una quita que permita a los acreedores pagar el precio real de sus casas. De todo el abismo bancario, la parte que corresponde al impago de particulares es pequeña en comparación con el agujero que han dejado constructoras y promotoras. Visto además que el banco malo ya ha incluido en su plan de negocio el aceptar la dación en pago para las promotoras, no es descabellado pensar que podría utilizarse la misma manga ancha para paliar también parte del drama humano en el que nos ha sumido el despendole inmobiliario y crediticio de los últimos años.

Hay una forma mejor de gestionar esto pero no podemos mirar hacia otro lado como si la suspensión definitiva de todos los desahucios fuera una solución posible. No lo es. Es un gesto bonito, heroico incluso, pero no es más que un gesto. Como el de aquel que pretende solucionar el hambre de tantas familias con cuatro latas de sardinas del Mercadona de la esquina.

En este país no necesitamos héroes para la foto. Necesitamos conciencia, responsabilidad y el par que se necesita para coger el toro por los cuernos y no seguir dando tanto muletazo vistoso.

Hasta la vista baby

Con esta frase tan conseguida se despedía Terminator II del adolescente aquel antes de fundirse para siempre. Me parecen unas palabras apropiadas para despedirme de la poca reputación 2.0. que me quedara.

Nos reíamos el otro día, mi amiga la de Madrid y yo, a costa de la intensidad que me gasto desde que frecuento estos lugares de alterne cibernético. A ella que me conoce hasta el punto de romper con mis novios antes de que yo me diera cuenta de que se nos había gastado el amor, no deja de sorprenderle esta nueva faceta mía de arengadora populista. No le culpo.

La primera sorprendida soy yo. Pero no está la vida para renegar de lo que uno es. Y yo últimamente soy una persona que le dedica una cantidad ingente de tiempo a pensar y leer sobre la crisis. Porque yo lo valgo. Y punto.

Como a meterme en el fango hasta las trancas no me gana nadie aquí les dejo una docena de reflexiones de esas que me asaltan mientras paso la fregona. Como siempre son opiniones forjadas a mi imagen y semejanza. Cualquier discrepancia será no solo bienvenida sino celebrada.

El rescate

Ya saben ustedes que en lo económico tengo mis propios cocos. Todo lo relacionado con el crecimiento, la rentabilidad y la inversión, tal y como la entendemos en los tiempos que corren, me escama sobremanera. No les digo ya si me pongo a hablar de emprendimiento, bolsa o rescates. Se me ofuscan las neuronas con la sola mención del término. A mi lista de palabras para el olvido se le suma ahora lo cíclico. Hartita estoy de oír que esta crisis que nos asola no es más que el reflejo de un proceso cíclico. Como si estuviéramos hablando de mareas, digestiones o la regla de la vecina.

No les negaré que las crisis suelen sucederse con una cierta periodicidad. No ya las económicas, sino también las laborales, las matrimoniales e incluso las maternales. Las crisis son un proceso humano. La forma que tiene el cuerpo, o la economía, de llamarnos la atención cuando llevamos demasiado tiempo haciendo algo que no nos beneficia o estancados en una conducta errónea. Como cuando uno se atiborra de fast food hasta que un día la salud te da un toque. Te haces unos análisis y se te caen los palos del sombrajo cuando te das cuenta de que tus arterias están peor que la M-30 en hora punta. Con un poco de suerte eres una persona con criterio, tomas nota, sustituyes el Big Mac por un buen plato de brócoli al vapor y en la siguiente revisión tus niveles de colesterol empiezan a ser los de una persona con ganas de vivir otros veinte años.

Que las crisis sean frecuentes o comunes no quiere decir, ni mucho menos, que sean inevitables. Cierto es que puede haber situaciones particulares que escapan a nuestro control, como un tsunami o una predisposición genética a sufrir una determinada enfermedad. Incluso en estos casos unos buenos hábitos o una economía saneada pueden paliar en gran medida los efectos negativos de la catástrofe.

Hablar ahora de la crisis económica que arrasa el país como si fuera la consecuencia lógica tras una época de bonanza es absurdo. Esta crisis no es más que la consecuencia lógica de muchos años de abusos, de haber desviado una cantidad ingente de recursos y dinero a sectores y operaciones meramente especulativas, que no generan valor alguno para la sociedad, y de llevar más años de la cuenta repanchingados en un modelo económico que no funciona. Ni de lejos.

La gravedad de una crisis nos da una idea de la profundidad del problema a resolver. Cuánto peor sea la crisis más radicales tendrán que ser las reformas para solucionarla. No nos engañemos al solitario, no hay salida fácil a esta crisis ni solución a corto plazo. Hay medidas, como darle a la churrera de billetes europeos si por fin se pide el rescate, o devaluar la moneda si se sale de euro que valdrían para camuflar en lo inmediato los efectos y posponer en cierta medida la caída para que sean nuestros hijos, y no nosotros, los que paguen el precio de nuestros excesos. Precio que se vería aumentado por las consecuencias inflacionistas y de otra índole que estas medidas traerían consigo inevitablemente.

El rescate no es la solución a nuestro problema como tampoco lo es la salida del euro. El rescate es un parche humanitario. Un compromiso europeo de hacer de todos nuestro problema. Una aceptación implícita de que estamos en esto juntos y de que la unión a medias que hemos tenido hasta ahora no hace más que agravar los problemas de los más afectados por la crisis y acentuar las diferencias entre las dos Europas. El rescate es una declaración de intenciones europeas y, como es lógico, implicaría que muchas decisiones antes españolas se convirtieran en europeas en la misma medida en que se europeícen los problemas españoles.

El rescate nos ayudaría a llevar nuestra carga sobre más hombros pero el rescate no es la solución a nuestra crisis. De nuestra crisis sólo se puede salir con un replanteamiento serio, profundo y radical de nuestros valores, nuestras estructuras y nuestras transacciones. La solución a esta crisis trasciende lo político y lo económico.

No nos la va a traer la marea como una ola.

Quién maneja mi barca

Como ya habrán adivinado esto de las competiciones me gusta más que a un tonto un lápiz. No sé si se habrán enterado pero este blog tan estupendo con el que como hoy colaboro de vez en cuando está liderando las clasificaciones preliminares al mejor blog de cultura en los Premios Bitácoras 2012.

Se pueden imaginar ustedes la ilusión que me haría haber contribuido aunque sea un poquito a que se lleven la tremenda estatuilla a casa. Por eso les animo a que hoy me lean aquí y luego no se olviden de pinchar en el enlace para votar. Ya que están aprovechen para votar también a Cosas que (me) pasan como mejor blog personal no vaya a ser que le gane el de los tacógrafos y nos corra a gorrazos.

Hijos de un dios menor

No sabía lo que me faltaba el esfuerzo físico hasta que he empezado a hacerlo. Coger la escoba por el mango en sentido literal ha supuesto una revolución en mi vida. No sólo porque estoy torneando los bíceps que es un tema sino porque además barrer me da tanta paz que me permite pensar con claridad. Desde que soy fregona por vocación dedico una parte muy significativa de mi tiempo a pensamientos de cierta trascendencia. No les digo más que el otro día, cuando le conté mi teoría sobre el rescate bancario, El Socio me puso su cara más societaria para comunicarme solemnemente que me estaba volviendo socialista. No porque antes fuera otra cosa, sino porque nunca he sido nada. Lo de votar no es lo mío, lo reconozco. Nunca he sido capaz de decidirme por uno u otro y se me pasan las elecciones sin casi enterarme.

A lo que iba, desde que la escoba es mi instrumento de trabajo más preciado se me ha despertado una sed de sabiduría económica que no tiene fin. Y aquí me tienen noche sí y noche también leyendo toda suerte de tratados de macroeconomía. Lo nunca visto. Andaba yo hace unos días indagando sobre los métodos de cálculo del PIB cuando cayó en mis manos un estudio que ponía de relieve la correlación entre el PIB per cápita y la esperanza de vida de los habitantes de un país. Resulta que por debajo de los 10.000 dólares de renta per cápita la correlación es brutal. Esto quiere decir que con incrementos muy pequeños de renta aumenta muchísimo la esperanza de vida. Corriendo me fui al banco mundial para comprobar con horror que 120 países tienen rentas por debajo de este umbral. Háganse ustedes cuenta, en todos estos países la gente se muere por dinero.

A falta de poder dormir con esta desazón me dio por pensar. La progresividad impositiva se ha impuesto en casi todo el mundo y se acepta como una forma justa de garantizar un bienestar social mínimo para todos los habitantes de un país. A todos nos parece lógico que aquellos con más ingresos paguen más para que aquellos con menos posibles puedan disfrutar de una calidad de vida digna y tener acceso por ejemplo a una educación y una sanidad adecuada. Este deber de solidaridad se da por hecho y todos entendemos que no sería lógico que un señor en Extremadura se muriera por una diarrea por el mero hecho de no poder pagar el médico. No deja de sorprenderme que este deber tan básico se acabe en la frontera. Una frontera es un accidente histórico, un mero límite administrativo, una forma de aglutinar a un grupo de gente con unas raíces similares pero nunca debería ser una forma de restringir o limitar los derechos más fundamentales. Ni puede ser una excusa para eximirnos de nuestros deberes.

Como colofón de mi espanto, hoy mientras planchaba, el Presidente Alemán me ha soltado desde la pequeña pantalla que cada día mueren más de 6000 niños de hambre. Seis mil. Niños. De hambre. Cada día. Habiendo protocolos y tratados hasta para la compra-venta de aire no entiendo como todavía no se ha impuesto a nivel internacional un acuerdo entre naciones para garantizar que en ningún país se viva con rentas per cápita inferiores a los 5.000 dólares. Debería imponerse un sistema de recaudación progresiva de forma que cada país contribuyan en función de su riqueza. No como caridad o ayudas esporádicas sino como lo que es, un deber ético y moral que debería estar formalizado y garantizado al máximo nivel. Tan malo es matar como dejar morir.

No digo que sea fácil. Ni factible. Pero tampoco es fácil curar el cáncer y no dejamos de intentarlo.

Dejémonos de doble moral. No es posible que vivamos en países en los que teóricamente se defiende la vida ya no como un derecho sino como una obligación de forma que un enfermo terminal no puede libremente acabar con su vida y sin embargo nos parezca de ley que la gente se muera de hambre como si aquello fuera mala suerte.  No. Se mueren de hambre porque les dejamos. Sin más.