Sunday Bloody Sunday

Si hay una actividad que me gusta sobre casi todas las cosas, esa es aburrirme. Pero no de cualquier manera, a mí me gusta aburrirme bien, a conciencia, con el batín de guatiné y las pantuflas de pana.

Niña en el columpioNiña en el columpioNiñas en el areneroHace años, cuando el padre tigre y yo nos iniciamos en esta convivencia que se alarga ya más de una década, recuerdo que a veces, un domingo cualquiera, solía preguntarme qué me apetecía hacer. A continuación enumeraba muy solícito toda la ristra de planes apasionantes que se le pasaban por ese cerebro de alemán hacendoso. Seguir leyendo “Sunday Bloody Sunday”

El imperio del sol naciente

El imperio del sol nacienteOjo.

Cuidado.

Lo de hoy, más que un post, es una advertencia: No saben ustedes la que se les viene encima. “La” en este caso soy yo. O una versión hiperbólica de mí misma, que es peor. Mucho peor.

Ya les avisé el año pasado de la metamorfosis energética que sufro cada vez que la Igartiburu nos atraganta las uvas. El año pasado no lo vivieron ustedes en sus propias carnes porque fabricar a La Quinta me costó lo mío y bastante tuve con arrastrar mi bombo de la cama a mis quehaceres diarios y vuelta a la piltra más muerta que viva. Pero este año no hay cigoto que les proteja. Estoy pletórica y desbocada en el más amplio sentido de ambos términos. Ustedes elijan una acepción que seguro que no se quedan cortos.

Ojo.

Cuidado.

Para empezar me ha dado por hacer limpieza. Ya no física, que también, sobretodo mental. Me estoy quitando la caspa intelectual. Sin piedad. Este proceso tan obscuro abarca desde el cribado, aislamiento y disección de mis adicciones hasta el repasito remendón de plantilla que le he pegado al blog hoy sin previo aviso. No me digan que no me ha quedado resultón.

Con las mismas, visto el ritmo trepidante de publicación que luzco desde que me he convertido en sherpa, me he cargado el otro blog, el de las perras gordas. Bastante tengo con consolar a una bitácora abandonada como para lidiar con dos bocas pidiendo posts.

Los de wordpress que son la mar de majos me han dejado importar las entradas del difunto a este mi querido blog que ahora luce rollizo con la friolera de dos entradas más. Si quieren pasar a darles el pésame las encontrarán aquí y aquí.

Pero no se confíen, no es que no vaya a aburrirles con mis desvelos económicos. Al contrario, se los voy a infligir aquí mismo. Y punto en boca. Por algún lado tengo que darle salida a esta desazón inflacionaria que me asola. Ya hablaremos porque este engendro de propósito de año nuevo se me está yendo de las manos.

Entre tanto, les voy a dar una pequeña tregua para vayan atándose los machos. Mañana, siete maletas mediante, nos vamos de vacaciones. Una semana. Entera. A dejarnos querer por el señor de los huevos. No quepo en mí de gozo. Ya se me están haciendo cortas las vacaciones y todavía no han empezado.

A las niñas me las llevo derrengadas. Les damos muy mala vida con tanto colegio y tanto trineo. Están de un genio que lo mismo aprovecho para dar el cambiazo en el hotel. Seguro que por allí gastan unos niños educadísimos y menos refunfuñones que estas que me han tocado en suerte.

En fin, yo a lo mío, a ponerme ciega de huevos Bennedict como si las cinco criaturas enajenadas que corren por el vestíbulo no tuvieran nada que ver conmigo.

Nos vemos a la vuelta. Ojo. Cuidado.

La casa de la pradera

Familia numerosaMe temo que mis días de bloguera han llegado a su fin. No me malinterpreten, quiero a este modesto blog con furor y desenfreno. Por todos los buenos ratos que me hace pasar y los baños de ego que me pego de vez en cuando. No hay terapia más barata que estas líneas que tecleo sin ton ni son, ni patio de marujas más agradecido que el TL que profanamos a diario. El problema es que este estado hormonal de embarazo a término en el que me hallo tiene subyugada la esquizofrenia galopante de la que habitualmente hago gala.

Me estoy volviendo zen. En su variante más grave. Me atrevería a decir que acumulo en mi ser un nivel de La Fuerza completamente incompatible con cualquier amago literario, no digamos ya humorístico o chisposo siquiera. Que para triunfar en este maremágnum de bitácoras variopintas es necesario una dosis elevada de histeria y desesperación es de primero de blogueando sin ambición.

Razones para internarme de forma voluntaria en un frenopático no me faltan. No les cuento mi día de ayer por miedo a que se extienda el pánico colectivo y tengan que declarar el estado de sitio. Baste decir que la vuelta al colegio con tres horarios dispares, cuatro profesoras henchidas de motivación docente, veintiocho millones de compañeritos con su padres plomizos adosados a la mochila y armados de freunden buchs, las pertinentes visitas al ginecólogo, los monitores, los análisis, las ecografías, la dichosa maletita del hospital, las toneladas de mini-bodys, mini-gasas, mini-pijamas y toda suerte de artilugios minúsculos que campan a sus anchas por doquier  y mis obligaciones pseudo-laborales, amén de una reunión de padres al borde que un ataque de nervios diaria y este clima germano que nos regala lluvias torrenciales día sí y día también, deberían darme material suficiente para competir con la versión ilustrada de la Enciclopedia Británica.

Pero no. Algo tiene La Quinta, con su pataditas traicioneras y su forma de aposentarse sobre mi cadera derecha, que sólo la idea de que quizá pronto pueda teneral en brazos, pese a los miedos infernales que me asolan en cada esquina, que me está convirtiendo en la versión edulcorada de Caroline Ingalls.

Fíjense si es seria la cosa que ni las mañanas con sus colacaos y sus dientes a medio lavar están consiguiendo romper este idilio involuntario. Miro a mis niñas y ya no veo unos monstruos testarudos rifándose mi paciencia. Las veo más guapas, más relucientes y más encantadoras que nunca. Esta mañana, para asombro de todos los presentes, en lugar de vestir a La Cuarta con un placaje hombre a hombre como acostumbro le he cantado. Yo que sólo conozco la escala del grito desagarrado he entonado El patio de mi casa con su chocolaaaate y su moliniiiiiiiiillo. A puntito he estado de arrancarme con el Señor Don Gato y su tejado así, porque sí.

Lo peor es que además nos estamos volviendo ideales. El padre tigre ha cejado en su enconado empeño por lucir barba estilo Príncipe Felipe y está otra vez suave y lustroso. Desde que se nos ha estropeado la cafetera de mis desvelos tomamos té en unas tazas monísimas que no habíamos usado nunca. Todos. Con su tetera inglesa y su terroncito de azúcar. La Tercera está con el guapo subido y unos bucles dorados que nos sacarían de pobres en un aprieto. Por no hablar del golpe de melena de La Segunda a la que ya se rifan las madres de su clase nueva para amiguita predilecta de sus hijas. Hasta le estamos sacando partido a la amalgama que tiene La Primera por cabellera. Además ha recuperado las gafas que le dan un aire parisino de lo más favorecedor.

Gracias al cielo La Cuarta nos ha cogido unos kilitos y luce cual alemán beodo. Si no estaríamos perdidos en este jardín otoñal que haría las delicias de cualquier revista de lifestyle. No sé si este estado de embriaguez será transitorio ni cuánto durará la resaca. Entre tanto me temo que tendrán que digerir como puedan estas impersonaciones sinatrianas que padezco de vez en cuando.

La pasión turca

Miedo al partoGracias al precario equilibrio emocional del que una hace gala a medida que torna en ballena ponedora, he adquirido una nueva pasión a la que me estoy entregando con desenfreno y alevosía.

Todo empezó este verano, de vacaciones en tierra patria, cuando descubrí el ejemplar de la abuela tigre, mucho más ducha en casi todas las lides que servidora. Me conquistó su aspereza infatigable y la tersura de sus lomos turgentes. Era tenerlo entre mis manos temblorosas y sentir un escalofrío recorriéndome mi maltrecha espina dorsal de embarazada a término. Sentía como ese artilugio divino me tornaba en una diosa grácil y todopoderosa. La diosa del estropajo.

Ustedes pensarán que esto no es más que una burda artimaña para arrancarles una sonrisa traicionera. Se equivocan. Pocas cosas hay ahora mismo en la vida que me produzcan más placer que empuñar un estropajo como Dios manda. Porque miren ustedes, estropajos los hay de muchos tipos, configuraciones y usos, pero buenos, lo que se dice buenos, los justitos. Me sobran dedos de una mano.

A esto súmenle que desde que ejerzo el dominio sobre mis propios estropajos tengo la incongruente costumbre de torturarme a mí misma utilizándolos mucho más allá de su vida útil. Por alguna tara que arrastro desde mi nacimiento incierto tiendo a valorar estos instrumentos como si de inversiones a largo plazo se tratara. En más de una ocasión, maravillada ante el lustro de los de alguna amiga, he preguntado cautelosa la periodicidad con la que despachan uno viejo para suplantarlo por uno nuevo.

La mayoría me mira atónita y desconcertada pues quizá nunca se hayan planteado este dilema vital que a mí me inquieta desde hace años. En un desesperado intento por alargar el placer veraniego de fregar con ese estropajo divino me he propuesto cambiar los artículos de fregoteo con más diligencia para disfrutar más a menudo de sus superficies sin magullar. A punto he estado de hacerme un Excel. Y digo a punto porque me ha bastado con un par de anotaciones y alarmas en el móvil para registrar lo días en los que estreno y los días en los que hago cambio.

Tras una labor de consenso que ni una cumbre de paz, había llegado a la conclusión de que dos semanas era un intervalo razonable para disfrutar de la lozanía de la zona que rasca sin pecar tampoco de frívola cambia estropajos a la primera de cambio. Así pues, el viernes, cumpliendo las dos semanas exactas, se efectuó el solemne relevo.

Cuál no sería mi desasosiego cuando al día siguiente, tras una paella multitudinaria, mi adorado estropajo nuevo lucía pocho cual higo fuera de temporada. Entiendo yo que cualquier persona con menos trastornos que los míos lo cambiaría sin pestañear siquiera. Por desgracia, una no es una cualquiera sino un ejemplar muy peligroso de lo que llamamos humanidad, y aquí me hallo desconsolada friega que te friega con mi estropajo chungo maldiciendo el día en que no me compré dos docenas de aquellos estropajos de última generación en el súper de la playa.

Ayer, al pasar por el pasillo de los artículos de limpieza del supermercado me puse hasta nerviosa. En un ataque de compulsión llené el carrito de estropajos de todo tipo y condición. Luego los devolví religiosamente a su sitio, uno a uno, no sin empollarme las características y texturas de cada uno. Al final dejé uno apalabrado para dentro de dos semanas. De marca. No vamos a escatimar en placeres terrenales.

Para su información, a mí los estropajos me gustan como los hombres: grandes, con su cara áspera y su trastienda tierna pero con cuerpo.

Pero todo esto no es más que una excusa, la forma más maruja de distraerme de mis verdaderas obligaciones: entregarme al síndrome del nido para acoger a La Quinta. En lugar de montar cunas, friego. Lejos de sacar la ropa de primera puesta, friego. No compro pañales, ni toallitas, ni ungüentos para el culete. Pero friego. A lágrima viva con mi estropajo venido a menos.

Friego para olvidar que tengo miedo. De ese que le entra al jugador cuando ha tenido demasiadas buenas manos.

Los renglones torcidos de Dios

Los-renglones-torcidos-de-Dios

Como habrán intuido si me leen con cierta asiduidad, mi TOC no sólo se manifiesta en una obsesión tangible por la Vitamina D y la protección solar sino que además hacer listas es uno de mis pasatiempos preferidos. El sumun del placer obsesivo compulsivo lo alcanzo elaborando rankings. Aprovecho la ocasión para informarles de que el diccionario de la RAE incluye este término tan espanglish. Y este último también. Ahí lo dejo.

No me basta sólo con hacer la lista de los libros que voy leyendo cada año sino que además los ordeno según unos criterios muy míos en una suerte de ranking desde el que más me ha gustado hasta el que menos. Esto me ocasiona quebraderos de cabeza y dilemas emocionales que bien podrían alimentar un reality trepidante a la par que emotivo y enternecedor. Si tienen en cuenta que guardo un parecido físico perturbador con Pocholo Martínez Bordiú pueden hacerse una idea aproximada de lo desbocado del asunto. Poner un libro por encima de otro no es una tarea fácil. Requiere un ejercicio de disciplina germánica y ecuanimidad afectiva considerable. Ténganlo en cuenta.

Este año he leído libros muy buenos. La mayoría me los había recomendado alguien con criterio lo que significa que incluso los que están muy abajo en la lista merece la pena leerlos. Es más, el último de la clasificación provisional me lo recomendó mi amiga la de Albacete que tiene más sentido del humor que yo y se rió de lo lindo con las aventuras de Tina Fey. Para mí le sobra cinismo y le falta cohesión pero oigan, entretenido es entretenido y si como yo son ustedes fans -otro palabro al que se ha rendido la RAE- de 30 Rock no soy quien para quitarles la ilusión.

Les advierto que el líder provisional también está muy discutido. Tanto el libro de Kuki Gallmann como el de Joan Didion me han gustado muchísimo y según con que pié me levante me decanto por uno u otro. Sin embargo, aunque el de Joan Didion tiene un estilo más original y rompedor, el de Kuki Gallmann es más redondo y más… ¿bonito?

Para que no se me atraganten con tanto pote pseudo-intelectual como me estoy dando, hoy les dejo los cinco primeros. Iré ampliando la lista en los próximos días. Si no me fallan las cuentas en total van veintitrés. No son tantos, lo reconozco, pero no doy para más.

Sin más que resuenen los tambores: Ranking provisional de libros 2013